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Bad Bunny convirtió el Super Bowl 2026 en territorio latino

por: José Lucas

Por unos minutos, el evento deportivo más visto del planeta dejó de hablar en un solo idioma. Desde una casa boricua plantada en medio del estadio, Bad Bunny transformó el medio tiempo del Super Bowl LX en una crónica viva de identidad, memoria y orgullo continental.

El Super Bowl siempre promete espectáculo. Luces imposibles. Coreografías milimétricas. Fuegos artificiales diseñados para ser tendencia. Pero esta vez, en el Levi’s Stadium de Santa Clara, lo que apareció en el centro del campo no fue una nave futurista ni un trono de neón: fue una casa.

Una casita. Con techo plano, colores de barrio y alma caribeña. Una réplica de hogar puertorriqueño en medio del evento más visto de la televisión mundial. Y desde ahí —como quien sale al balcón a cantar con su gente— apareció Benito Antonio Martínez Ocasio. No el personaje. El origen. Y el mundo, sin saberlo, estaba a punto de entrar a casa ajena y sentirse bienvenido.


El estadio dejó de ser estadio: empezó la fiesta de identidad

¡Qué rico es ser latino!” fue la chispa. El grito que abrió la puerta. Luego, los primeros golpes de “Tití me preguntó” encendieron el pulso colectivo. Bad Bunny apareció cargando un balón, mezclando códigos culturales, rompiendo de entrada la frontera simbólica entre deporte estadounidense y música latina.

No fue una entrada triunfal, fue una entrada cercana. De calle. De esquina. De barrio globalizado.

Las cámaras recorrían la escenografía y la señal era clara: la casita no era decorado, era mensaje. Inspirada en viviendas reales de Puerto Rico —como las de Humacao— representaba el lugar donde nace la música antes de llegar a los rankings. El balcón donde suenan bocinas. La marquesina donde se improvisa. El patio donde el ritmo no pide permiso.

El reguetón, ahí, no era industria: era raíz.

La segunda descarga fue “Yo perreo sola”, dedicada “a las mujeres en el mundo entero”. El baile se volvió declaración de autonomía. El cuerpo, territorio propio. Sobre el escenario aparecieron figuras latinas universales —Karol G, Jessica Alba, Pedro Pascal— no como estrellas invitadas sino como parte de una misma constelación cultural.

No era desfile de celebridades. Era representación. Y el público —más de cien millones de espectadores en transmisión— entendió que el ritmo también puede ser postura.


Dijo su nombre completo y dijo su verdad

En medio del ruido coreográfico, llegó el silencio exacto. Bad Bunny tomó el micrófono y habló completamente en español:

“Buenas tardes California, mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio y si hoy estoy en el Super Bowl es porque nunca dejaron de creer en mí”.

Decir su nombre completo fue una ruptura poética. Fue traer a la madre, al barrio, al salón de clases, al primer micrófono prestado. Fue recordar que antes del fenómeno hubo un muchacho con fe.

No tradujo. No explicó. Y, aun así, se entendió todo.

Con “Voy a llevarte pa’ PR”, el estadio entero viajó sin moverse. Palmas, metales, percusión de fiesta patronal convertida en sonido global. En un giro escénico, cambió de espacio dentro de la casita y estalló “La gasolina”, encendiendo la memoria colectiva del reguetón clásico, el que abrió camino cuando todavía era resistencia.

Luego llegó la escena de una boda: unión simbólica, celebración de mezcla. Y de pronto, Lady Gaga emergió entre salsa y bronces para cantar “Die With a Smile” con banda latina. Después bailó —sin distancia pop— junto a Bad Bunny en “Baile Inolvidable”.


Dos generaciones boricuas, un mismo mensaje

La aparición de Ricky Martin sumó historia al presente. Cantó “Lo que le pasó a Hawái” y el show adquirió dimensión política y cultural. Dos generaciones puertorriqueñas compartiendo escenario en el escaparate más grande del entretenimiento estadounidense: el que abrió la puerta y el que la derribó.

La puesta en escena cambió con cañas de azúcar, símbolos del Caribe, banderas latinoamericanas desplegadas como un mapa vivo.

Entonces, la frase: “Ahora todos quieren ser latinos… pero les falta sazón”. No fue burla. Fue advertencia cultural. La identidad no se imita, se vive.

“JUNTOS SOMOS AMÉRICA”

El momento más potente no llegó con fuegos artificiales, sino con palabras. Bad Bunny dijo: “God bless America” y luego hizo algo inusual para ese escenario, comenzó a nombrar uno por uno los países del continente americano.

Norte, Centro, Sur y Caribe. Sin recortes geopolíticos. Sin apropiaciones lingüísticas. América como totalidad, no como sinónimo. Ahí, sin miedo y con orgullo, el nombre de México sonó.

El gesto dialogaba con mensajes previos de su obra: reconocer que América es un continente, que el lenguaje también define poder, que nombrar es incluir.

Después de recorrer el mapa con la voz, lanzó la consigna final: “JUNTOS SOMOS AMÉRICA”.

Las banderas ondearon. El estadio vibró distinto. No era cierre de show, era el cierre de manifiesto.

Quizá no fue el medio tiempo más pirotécnico. Ni el más coreográficamente perfecto. Pero fue algo menos frecuente en escenarios gigantes: fue honesto.

Bad Bunny no intentó parecer global, al contrario, mostró lo local hasta que se volvió universal. No suavizó su idioma. No diluyó su estética. No escondió su origen.

Plantó una casa humilde en el centro del espectáculo más poderoso del entretenimiento deportivo —y desde ahí habló de amor, identidad y continente. Durante quince minutos, el Super Bowl no solo tuvo ritmo latino. Tuvo corazón latino.

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