Durante décadas, el nombre de Las Poquianchis habitó la leyenda negra de México. Una historia tan brutal como increíble: mujeres que construyeron un imperio criminal a costa del dolor, la explotación y la muerte de otras mujeres. Hoy, esa realidad vuelve al centro de la conversación pública con Las muertas, la serie de Luis Estrada basada en la icónica novela de Jorge Ibargüengoitia, y que ya se perfila como una de las apuestas audiovisuales más provocadoras y ambiciosas del año.

Pero ¿qué hay detrás de esta historia que combina el crimen, el humor negro, la impunidad y la miseria humana? ¿Quiénes fueron realmente Las Poquianchis? ¿Y cómo esta nueva adaptación se atreve a mirar un pasado que muchos preferían dejar en el olvido?

Estrenada en septiembre en Netflix, Las muertas no solo ha conquistado millones de pantallas —3.9 millones de vistas globales en su primera semana y presencia en el top 10 de 42 países— sino que ha reabierto una de las heridas más escandalosas de la historia criminal mexicana: la de las hermanas González Valenzuela, conocidas como Las Poquianchis, señaladas como las asesinas seriales más temidas del siglo XX en México.

Inspirada en la novela publicada en 1977 por Ibargüengoitia, la serie de Estrada transforma ese material literario en un producto visualmente sofisticado, lleno de ironía, violencia, dolor y un humor ácido. La historia ficciona el ascenso y caída de las hermanas Arcángela y Serafina Baladro (interpretadas magistralmente por Arcelia Ramírez y Paulina Gaitán), dos mujeres que —como sus contrapartes reales— construyen una red de burdeles en la provincia mexicana de los años 60.

Aunque los nombres y locaciones han sido modificados —Plan de Abajo y Mezcala sustituyen a Jalisco y Guanajuato—, los elementos centrales permanecen: la trata de mujeres, la complicidad de autoridades locales, la violencia sistemática y la brutal explotación de jóvenes en condiciones de extrema vulnerabilidad.

¿Quiénes fueron realmente Las Poquianchis?
Delfina, María de Jesús, Carmen y Luisa González Valenzuela no nacieron criminales. Su historia comienza en un hogar disfuncional de Jalisco, marcado por la violencia de su padre, un expolicía porfirista con antecedentes de asesinato. Tras cambiar su apellido y huir del pasado familiar, las hermanas heredaron una modesta suma que convirtieron en su primer burdel en El Salto.

De ahí en adelante, construirían un emporio del horror: burdeles en Lagos de Moreno, San Francisco del Rincón y León, donde mantenían cautivas a decenas de mujeres. Sus métodos eran despiadados: reclutaban adolescentes —muchas veces engañando a sus familias—, las esclavizaban, golpeaban, violaban, y si enfermaban o envejecían, las asesinaban.

Los terrenos de sus propiedades fueron usados como cementerios clandestinos. Según los registros oficiales, al menos 90 víctimas fueron identificadas, pero se sospecha que podrían haber sido muchas más. También se documentaron abortos forzados, asesinatos de bebés nacidos en cautiverio y complicidad directa de policías, alcaldes y líderes políticos de la región.

Una verdad deformada por el amarillismo
La historia real de Las Poquianchis fue narrada por los tabloides de la época, en especial por la revista ALARMA!, que convirtió los crímenes en espectáculo sensacionalista. Fotografías, titulares escandalosos y reconstrucciones dudosas ayudaron a distorsionar la percepción pública, al punto de borrar muchas veces la identidad de las víctimas en favor del morbo.

Es justo contra ese enfoque que Ibargüengoitia escribió Las muertas: una sátira negra, profundamente mexicana, que reconstruye los hechos con un ojo crítico y mordaz. Luis Estrada, conocido por filmes como La ley de Herodes y El infierno, decidió llevar esta historia al formato de serie, después de años de intentar adquirir los derechos para una película.

«Cuando por fin me senté con Jaime Sampietro, supe que esto no cabía en una cinta de dos o tres horas», dice Estrada. «Las muertas necesitaba tiempo, espacio y libertad narrativa. Y eso solo te lo da una serie. Decidimos hacerla como en los viejos tiempos: cada fotograma, cada set, cada sonido, se construyó artesanalmente».

Una historia sin spoilers
Las muertas no es una serie policial ni de misterio. No hay un “quién lo hizo” ni un final feliz. Todo el mundo sabe qué pasó con Las Poquianchis: fueron arrestadas en 1964, tras la denuncia de una sobreviviente que escapó. Delfina y María de Jesús fueron condenadas a 40 años de prisión; Luisa, a 27. Carmen ya había fallecido. Algunos de sus cómplices recibieron penas menores, pero ninguna autoridad de alto rango fue jamás juzgada.

Lo que sí ofrece la serie —y la novela que la inspira— es una mirada diferente. Aquí, las villanas no son caricaturas. Arcángela Baladro es presentada como una mente criminal brillante, manipuladora, endurecida por la vida. Su hermana Serafina, en cambio, es frágil, romántica, emocionalmente inestable. Ambas están atrapadas en una red de violencia que han ayudado a construir.

Este retrato complejo no busca redimirlas, pero sí explicar los mecanismos sociales, culturales y políticos que permitieron que mujeres como ellas construyeran un sistema criminal sin ser detenidas por décadas.

Un fenómeno cultural y económico
Detrás del éxito de Las muertas no solo hay una historia poderosa, sino también una producción de escala masiva. Netflix invirtió más de $350 millones de pesos mexicanos, generando 5,000 empleos directos e indirectos, contratando 425 proveedores locales y filmando durante 21 semanas en 13 ciudades de 4 estados: Veracruz, Guanajuato, San Luis Potosí y Ciudad de México.

Además, se diseñaron 160 sets desde cero, con un equipo de vestuario integrado por más de 30 personas, logrando una ambientación tan precisa como inquietante.

«Producciones como esta representan nuestro compromiso con la calidad narrativa y con el impacto económico y cultural que nuestras producciones tienen en comunidades e industrias creativas», dijo Francisco Ramos, vicepresidente de contenidos de Netflix para Latinoamérica.

Aunque Las muertas fue publicada hace casi medio siglo, su estilo irreverente y su denuncia implícita contra la impunidad siguen tan vigentes como entonces. Y ahora, gracias a la serie, una nueva generación descubre no solo la historia real de Las Poquianchis, sino también la genialidad narrativa de Jorge Ibargüengoitia.