Durante más de ocho décadas, los habitantes de Basiabampo, un pequeño poblado al sur de Sonora, vivieron sin acceso a la electricidad. No es que no la desearan, simplemente no llegaba. Pero este año, por fin, la luz se encendió. Y con ella, también lo hizo una esperanza que parecía dormida.

En un país donde damos por hecho que basta con apretar un interruptor para iluminar un cuarto, historias como la de Basiabampo nos enfrentan a una realidad distinta: la de miles de personas que todavía esperan esa chispa que transforme su vida cotidiana. Porque sí, la energía eléctrica no es solo una comodidad. Es salud, educación, conexión, dignidad. Es futuro.
En mayo de 2025, la Comisión Federal de Electricidad conectó a la red nacional a Basiabampo y otras comunidades vecinas como El Tojahui. Lo hizo a través del Fondo de Servicio Universal Eléctrico (FSUE), con obras que incluyeron más de 12 kilómetros de líneas, decenas de transformadores y postes, y el trabajo de ingenieros, técnicos y especialistas comprometidos. Pero el verdadero logro fue mucho más grande que la infraestructura: fue devolverle a estas comunidades la posibilidad de imaginar un porvenir diferente.

En estas tierras, donde el sol golpea con fuerza y la tierra se vuelve dura en temporada seca, las personas ahora pueden prender un ventilador, guardar sus alimentos en un refrigerador o simplemente ver la televisión al final del día. Para Chona, la primera en recibir luz en Basiabampo, significa poder expandir su pequeño negocio de queso panela. Para Margarita, poder quedarse en su casa sin tener que migrar a Ciudad Obregón cada verano. Para los hermanos Soto, significa planear un invernadero, un taller, un nuevo comienzo.
El caso de Basiabampo nos invita a mirar el concepto de “justicia energética” con otros ojos. No se trata solo de cuántos megawatts produce el país o de qué tipo de baterías usaremos en el futuro (aunque ambos temas importan). Se trata, sobre todo, de quiénes tienen acceso a esa energía y bajo qué condiciones. En México, millones de personas aún viven en pobreza energética, ya sea porque no tienen electricidad o porque el acceso les representa un gasto desproporcionado.
Y mientras en las ciudades hablamos de paneles solares, eficiencia energética y reciclaje de baterías, en comunidades como estas apenas comienzan a disfrutar de lo que muchos consideramos básico. Por eso, no es exagerado decir que conectar a Basiabampo es un acto de justicia. Porque detrás de cada foco que se enciende hay una historia que renace.

Lo que está ocurriendo en Sonora es también una muestra de cómo los grandes cambios pueden empezar en lo local. La energía eléctrica permite que regresen quienes se fueron, que florezcan negocios familiares, que las niñas y niños estudien, que los abuelos no pasen calor en silencio. Y sí, también permite que se celebren las fiestas del pueblo con más música, más birria y menos generadores ruidosos.
Las luces que hoy iluminan Basiabampo no son solo cables y postes. Son una promesa cumplida. Un recordatorio de que aún hay muchas comunidades esperando. Y de que, cuando hablamos de energía, deberíamos hablar también de equidad, de inclusión, de humanidad.
Después de todo, como dicen en yolem nokki, la lengua del pueblo yoreme mayo: la luz no solo alumbra, también guía.
