Las calles cercanas al estadio eran una corriente de camisetas verdes, banderas ondeando bajo el sol tapatío y acentos llegados desde distintos rincones del país. La ciudad venía de una noche multitudinaria en La Minerva, donde más de 170 mil personas habían acompañado a Maná en un concierto que pareció extender el Mundial más allá de las canchas.
Cuando llegó el momento del Himno Nacional, el Estadio Guadalajara se convirtió en una sola garganta. No era ruido. Era una vibración que recorría las tribunas y descendía hasta el césped. México necesitaba una victoria para asegurar su lugar en la siguiente ronda; la afición lo sabía y el equipo también.
Corea puso el primer aviso
El inicio fue menos cómodo de lo que muchos imaginaban. Corea del Sur encontró espacios y manejó la pelota con paciencia. Durante varios minutos, el partido se jugó al ritmo que propusieron los asiáticos, mientras el conjunto de Javier Aguirre buscaba acomodarse.
La jugada que cambió el ánimo del encuentro llegó temprano. Son Heung-min encontró una rendija en la defensa mexicana y definió con una vaselina elegante. Por un instante, el gol pareció inevitable. Entonces apareció Edson Álvarez.
El capitán mexicano retrocedió a toda velocidad y, prácticamente sobre la línea, improvisó una chilena defensiva para alejar el peligro. La pelota no entró y el estadio explotó como si México acabara de marcar.
A veces los partidos también se sostienen en una sola reacción. La emoción estaba presenta y la esperanza de los mexicanos no se iba, al contrario, incrementaba.
México respondió con aproximaciones aisladas. Julián Quiñones tuvo una de las más claras con un remate de cabeza que encontró bien colocado al arquero Kim Seung-Gyu. Sin embargo, los minutos avanzaban sin que el marcador se moviera.
El descanso llegó acompañado por cierta inquietud en las tribunas. El empate mantenía abiertas todas las posibilidades y Corea demostraba que no estaba dispuesta a convertirse en un simple espectador del festejo mexicano.
El error que abrió la puerta
El futbol suele premiar la insistencia. A veces también castiga un instante de desconcentración.
Corría el minuto 50 cuando una jugada aparentemente rutinaria terminó alterando el rumbo de la noche. Un centro sin demasiado peligro llegó al área coreana. Kim Seung-Gyu intentó controlar la situación, pero terminó chocando con uno de sus defensores. La pelota quedó viva.
Luis Romo entendió antes que nadie lo que estaba ocurriendo. Llegó al rebote y empujó el balón hacia una portería desprotegida.
Nada espectacular en la ejecución. Todo trascendental en las consecuencias. El marcador señalaba 1-0 y Guadalajara estalló.
Mientras Romo celebraba frente a las tribunas, la anotación viajaba a cientos de kilómetros de distancia.
En el Zócalo de la Ciudad de México, miles de personas olvidaron por unos segundos la lluvia para gritar el gol. En Monterrey, el Fan Fest se convirtió en una marea de saltos y abrazos. En Dallas, los paisanos replicaron la misma escena.
Y en La Minerva, donde la fiesta mundialista parecía no tener pausa, la celebración volvió a encenderse. El Mundial estaba ocurriendo dentro y fuera del estadio.
Sufrir también forma parte del camino
México tuvo oportunidades para ampliar la ventaja. Raúl Jiménez y Santiago Giménez estuvieron cerca, pero el segundo gol nunca llegó. Y cuando un partido permanece abierto, siempre queda espacio para la angustia.
Corea encontró una última oportunidad al minuto 87. Un centro cayó en el área y Cho Gue-sung conectó un remate que llevaba dirección de gol. Entonces apareció otra figura inesperada de la noche, Raúl «Tala» Rangel.
El arquero mexicano respondió primero al cabezazo y después al rebote, firmando una doble atajada que terminó por asegurar la victoria. La tensión duró apenas unos segundos. Parecieron eternos.
Más que tres puntos
El silbatazo final confirmó algo más que un triunfo. México derrotó 1-0 a Corea del Sur, llegó a seis puntos y aseguró su clasificación a los dieciseisavos de final como líder de grupo. También garantizó que su aventura mundialista continúe unos días más bajo el cielo mexicano.
Pero la noche dejó algo adicional, la imagen de dos aficiones conviviendo entre música, bailes y hasta un improvisado Gangnam Style colectivo, porque los Mundiales se construyen tanto con goles como con emociones.
Y esta vez bastó uno solo. El de Luis Romo. El que hizo rugir a todo México y empujó a la selección hacia la siguiente estación de su viaje mundialista.