Vestidas con uniformes victorianos que parecen sacados de una novela de época, las alumnas —y cada vez más, también alumnos— del Norland College esconden detrás de sus coquetos sombreros y guantes blancos un entrenamiento más propio de agentes secretos que de cuidadoras de infantes. Esta es la escuela que prepara a quienes podrían cuidar del heredero al trono británico… y cobrar como si lo fueran.

Ubicada en la ciudad de Bath, Inglaterra, Norland no es una escuela de niñeras cualquiera. Fundada en 1892 por la pionera Emily Ward, fue la primera institución en profesionalizar la formación de quienes cuidarían a los niños de la alta sociedad británica. Hoy, 130 años después, su prestigio sigue intacto —y su oferta educativa, más vanguardista que nunca.

De Mary Poppins a James Bond
Las clases en Norland combinan habilidades tradicionales, como cocina, costura o psicología infantil, con materias inesperadas: artes marciales, técnicas antiterrorismo, ciberseguridad, conducción evasiva y hasta entrenamiento para evitar paparazzis. “Somos una mezcla entre Mary Poppins y James Bond”, bromea Janet Rose, directora de la institución.

¿Exagerado? No tanto. En 2017, una graduada del colegio quedó atrapada durante el atentado de Westminster, en Londres. Logró mantener a salvo —y tranquilo— al niño que cuidaba durante más de seis horas. Su formación, asegura la directora, hizo la diferencia.

Sueldos que hacen historia
La recompensa por este entrenamiento no es menor. A diferencia de la mayoría de los trabajos relacionados con el cuidado infantil, los graduados de Norland tienen garantizada la empleabilidad total y, en muchos casos, salarios que superan ampliamente la media nacional.

El ingreso promedio al primer año de egreso ronda las 40 mil libras esterlinas anuales (unos 47.500 dólares), pero algunos llegan a ganar más de 100 mil libras (casi 120 mil dólares) después de cinco años. Sí, por cuidar niños.

“Bromeamos con que nuestras nannies son las únicas en Londres que pueden comprarse un departamento”, comenta Mandy Edmond, vicedirectora del instituto.

No es para cualquiera
Ingresar a Norland tampoco es tarea sencilla. De los más de 240 aspirantes que se presentan cada año, solo unos 100 son aceptados. ¿El criterio? No basta con querer ganar bien. “Podemos detectar rápidamente quién lo hace por vocación y quién viene por el dinero. Llevamos más de un siglo haciéndolo”, afirma Edmond.

Los alumnos no solo estudian durante tres años. El cuarto año es una especie de residencia paga, en la que ya comienzan a trabajar formalmente mientras siguen recibiendo formación. “Mientras mis amigos están buscando qué hacer después de graduarse, yo ya tengo un contrato y un buen salario”, dice Kate, una estudiante de 20 años.

Ike, de 23, es uno de los pocos hombres que estudia en Norland. Fue adoptado junto con sus tres hermanas y asegura que esa experiencia personal fue lo que lo motivó a dedicarse al cuidado infantil. “Muchos piensan que esto es cosa de mujeres. Pero yo soy un tipo normal… y me encanta cuidar”.

Discreción, disciplina y mucho, mucho protocolo
Ser parte de Norland no es solo un trabajo. Es un estilo de vida. Las nannies deben seguir un código de conducta estricto incluso fuera del horario laboral: no pueden consumir alcohol en uniforme, ni comida rápida, ni cruzar la calle con el semáforo en rojo. La discreción es absoluta. Ningún detalle sobre la vida de las familias para las que trabajan puede ser revelado. La confidencialidad es clave, especialmente cuando se trata de los hijos de figuras públicas… o de la realeza.

No es un secreto que Norland ha formado a varias de las niñeras que han cuidado a los hijos de la familia real británica, incluidos los pequeños príncipes George, Charlotte y Louis.
