En un país donde el racismo está tan normalizado que muchos lo confunden con una simple opinión, Yalitza Aparicio ha aprendido no solo a enfrentar la discriminación, sino a desafiarla con una serenidad contundente. La actriz y activista mexicana ha hecho de su piel morena una bandera que ondea con orgullo en cada paso que da.

Desde su sorpresiva irrupción en el cine internacional con Roma (2018), donde interpretó a Cleo, una trabajadora doméstica indígena, Yalitza ha cargado con un peso que muchas otras figuras públicas evitan, representar a millones de personas históricamente invisibilizadas. Pero no ha rehuido. Al contrario, asumió esa representación con valentía, incluso cuando el racismo la ha golpeado de frente, dentro y fuera de los focos.

En una entrevista reciente con la creativa y curadora Marion Cortina, Aparicio compartió un testimonio íntimo y revelador, de niña, su sueño era ser “muy muy morena”. Creció en Tlaxiaco, Oaxaca, admirando a las jugadoras afrodescendientes de básquetbol de Pinotepa Nacional.

“Si yo tuviera ese color de piel seguro sería tan alta como ellas y jugaría basquet increíblemente”, pensaba entonces, con la inocencia de quien nunca ha escuchado un insulto por el tono de su piel.

Pero todo cambió al llegar a la Ciudad de México. “Me decían ‘es que eres muy morena’, y yo respondía, ‘Gracias, porque siempre he querido ser muy muy morena’”, contó. No sabía entonces que eso, para muchos, era una burla. “Cuando desconoces sobre un tema es muy fácil que te lleguen a herir”, reflexionó.

Este descubrimiento no fue solo personal, sino simbólico, el contraste entre el orgullo de sus raíces y la discriminación sistemática de un país que todavía asocia lo valioso con lo blanco y lo inferior con lo moreno.

El racismo no la detuvo, la impulsó
El éxito de Roma la convirtió en ícono global, pero también en blanco de un racismo feroz. Comentarios despectivos como los del actor Sergio Goyri —quien se refirió a ella como “una pinche india” durante la temporada de premios— marcaron un antes y un después en la conversación pública. Aparicio no respondió con rabia, sino con dignidad: “estoy orgullosa de ser una indígena oaxaqueña”.

Esa frase, más que una defensa, fue una declaración de principios. Y desde entonces, ha usado su voz para transformar lo que antes dolía en herramienta de cambio.

En su momento, admitió que incluso dudó si debía continuar en el cine ante el bombardeo de ataques. “Era ese bombardeo contra la ilusión”. Pero lejos de detenerse, decidió quedarse para abrir camino. “Ahora quien venga después no tiene que sufrir por esto”, dijo.

Orgullo, activismo y representación
Yalitza no solo alza la voz en entrevistas. Desde 2019, es Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO para los pueblos indígenas, una labor que abraza con autenticidad. Aunque en un inicio se sintió insegura por no hablar una lengua originaria, pronto entendió que ese también era un efecto del racismo estructural.

“Soy el resultado de esta discriminación y por eso perdí mi lengua”, declaró. Sin embargo, eso no la detuvo y hoy promueve activamente la preservación de lenguas indígenas y la educación cultural.

También ha impulsado campañas como “Yo digo NO al racismo” y recauda fondos para escuelas en Tlaxiaco. En redes sociales, se pronuncia sin filtros. En una publicación, escribió: “Me encanta mi tono de piel, porque me recuerda al café que me despierta por las mañanas, y por qué no, a la canela que complementa su sabor”.

Palabras sencillas, pero poderosas. Porque en un país donde millones siguen siendo discriminados por cómo lucen, el orgullo de Yalitza se vuelve contagioso.